Nuestra Biblioteca Pública Municipal comparte la iniciativa “Frigocambio de libros” puesta en marcha por la Biblioteca Pública Yamaguchi-Yamaguchiko Liburutegi Publikoa (Pamplona). Sus bibliotecarios Ana, María y Nacho han idea...do una variante del BrookCrossing .
Ofrecemos ahora también la posibilidad de intercambiar libros y coger el libro que más te apetezca. A cambio debe dejar uno suyo que ya no quiera conservar y que desee compartir con otros lectores.
Aprovechamos el verano para invitaros a degustar de los menús refrescantes que ofrece esta nevera de lecturas.
También puedes donar tus libros
con el objeto de que sean leídos por otros.
viernes, 8 de agosto de 2014
Préstamo de portátiles y libros electrónicos
Tenemos libros electrónicos para el préstamo a domicilio y portátiles para prestar en sala, pídenoslos!!
jueves, 7 de agosto de 2014
miércoles, 30 de abril de 2014
PREMIADO EN EL III CONCURSO DE MICRORRELATOS DE LA BIBLIOTECA PUBLICA DE TORRE PACHECO
José Ignacio Señan Cano
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ACABAR DE UNA VEZ
Hoy mamá va a probar con la pistola.
No es que ella sea una experta en eso de manejar armas, pero cree que apuntando
desde cerca acabará de una vez con tanta tontería.
Desde luego a lo que no está
dispuesta es a fracasar de nuevo como la semana pasada, cuando el plato de papá
con la sopa envenenada se lo tomó por error la abuela.
Esta vez está segura de no fallar.
Ni siquiera ha guardado en el armario el traje negro...
PRIMER PREMIO XXI CONCURSO DE NARRACIONES CORTAS VILLA DE TORRE PACHECO
Francisco Javier Angulo Arriaga
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El Gran Cretton
Hoy
Le Grand Cretton debería haber comparecido de una vez por todas en el Teatro de la Ópera de St. Lazarus después de tres
aplazamientos. Las entradas están agotadas desde que anunció la llegada de su
espectáculo a nuestra ciudad, hace más de 10 meses. Aunque el precio es
desorbitado con Cretton el lleno siempre está garantizado. Para poder entender
por qué nuestro protagonista suscita una expectación que cabe calificar de
rabiosa resulta conveniente destacar algunos hitos biográficos y artísticos de su carrera.
En 1869 Cecil Craighton pisa las
tablas por primera vez y un lanzador de dagas borracho le salta el ojo
izquierdo. Cuenta con diecisiete años, es huérfano y ha aceptado un dólar por
simular prestarse como voluntario entre el público. Entre éste se encuentra la
mujer que a la postre se convertirá en su esposa, Clara Le Fresnoy. Es cuatro
años mayor que Cecil y acaba de heredar de su padre la tienda de abastos, la armería
y la funeraria ‘Las Puertas del Cielo’. Los
cuidados de Clara durante la convalecencia acaban en boda dos años más tarde en
la iglesia presbiteriana de Oyohusa.
La pasión de Cecil por el
espectáculo de variedades, lejos de atemperarse tras el accidente con el puñal, es
cada vez más intensa. El amor entre ambos crece en la misma medida y ella se
convierte en una fervorosa admiradora de sus cada vez más arriesgados números.
En los ensayos se producen algunos incidentes sin importancia que no van más
allá de algunos cortes y magulladuras. Clara participa como asistente y, merced
a una desahogada posición económica, deciden alquilar el pequeño teatro del
pueblo para presentar a Cecil en sociedad.
La noche del 15 de marzo de 1874 el
Rushfield Odeonde Oyohusa cuenta con una entrada aceptable de unos 170 vecinos.
Tras una serie de habilidosos malabares con antorchas y cuchillos, muy
aplaudidos por los asistentes, los acordes graves del piano anuncian el número
culminante: Una puesta en escena de “El Péndulo”, de Edgar Allan Poe, con una
ligera variación. El “reo” se enfrenta al público en posición decúbito lateral con
los brazos extendidos a lo largo de los muslos mientras el gran disco afilado se
aproxima infinitesimalmente a su frontal en amplias oscilaciones. Al tratar de
liberarse de sus ataduras Cecil pierde la nariz y el dedo pulgar del pie
izquierdo con un par de cortes limpios en la cuarta oscilación del péndulo que
provocan una explosiva profusión de sangre que rocía a las dos primeras filas.
Mientras el público huye despavorido Clara frena el mecanismo y, tras recoger
ambos apéndices, desata a su marido.
En el mes de diciembre del mismo
año, recuperado ya Cecil de sus heridas, la pareja convoca en el Odeon a sus
conciudadanos para ofrecerles una “función de desagravio”. Frente a un
auditorio abarrotado el escapista pierde el pulgar del otro pie y un testículo
en la segunda oscilación. El chorro de sangre alcanza dos filas más que en la
sesión previa y Clara recoge presurosa las dos porciones de su esposo.
En 1875 Cecil rebana con precisión
quirúrgica su propia lenguay pierde definitivamente el habla al tratar de
tragar el sable de un húsar. A partir de ese momento es Clara la que ejerce de
maestra de ceremonias y empieza a presentar a Craighton como Le Grand Cretton. Decididos
a resarcir a su público repiten la función al cabo de dos meses y el
tragasables sufre una grave perforación en el esófago. Solo dos años después de
su debut Le Grand Cretton es ampliamente conocido en todo el estado.
Al año siguiente estrena “Al
abordaje” en un teatro de la capital y al abordar el galeón español un autómata
que le espera agarrado a las jarcias le amputa el brazo derecho por debajo del
codo con un certero mandoble. En un alarde de reflejos Clara captura el
antebrazo en el aire antes de que este caiga a las tablas con alfanje y todo. En
este punto de la trayectoria profesional de Cecil acuerdan evitar las “funciones
de desagravio” por temor a dar al traste con tan lucrativo negocio.
La Comisión de Espectáculos del
Estado de Nueva Brunswick recibe infinidad de quejas de sufragistas,
asociaciones filantrópicas y activistas de diversa índole solicitando la
inmediata prohibición de las funciones. En un comunicado de la Comisión hecho
público a través de los principales diarios del estado el 15 de noviembre de
1876 ésta manifiesta que “… y si bien se reconoce un desafortunado cúmulo de
desgracias acaecidas durante las representaciones del señor Craighton, al que
cabe sugerir un desempeño más diligente de sus actividades, no se puede asumir
que el objeto de dichas actuaciones sea la autolesión por parte del artista. El
señor Craighton ha justificado debidamente la tenencia de todas las licencias y
autorizaciones pertinentes para el ejercicio de su profesión y estar al corriente
del pago de todos las responsabilidades económicas derivadas de su ejercicio.
Por todo ello, y en aras a proteger el ejercicio de la libre expresión artística
reconocida en nuestro ordenamiento, desestimamos las reclamación suscrita por
los colectivos de referencia. ”
Las autoridades federales ratifican
esta decisión al cabo de pocas semanas cuando la fama de los Craighton ya
trasciende las fronteras del estado y sus actuaciones abarrotan las salas. En
1877 representa en un auditorio de un estado vecino nuevamente “El Péndulo”,
pero en posición decúbito supino, tal y como describe el tormento el genial Poe.
En el primerbalanceo del péndulo Cecil vacía su paquete intestinal a través de
una profunda incisión desde el esternón al ombligo frente a un aforo repleto.
Recobrado de la evisceración, en el 78 una guadaña le amputa el pie izquierdo a
la altura del tobillo cuando representa “Cita con la Muerte”. En el 79 pierde
tres dedos de la mano que le resta entre los dientes de una morena al ejecutar
el número “Sopa de Pescado Mortal”. Clara emplea más de treinta minutos en
recuperarlos del estómago del pez. En 1880 estrena “El Sombrerero Loco” y se
desoreja al quitarse la ‘chistera-trampa’para recibir la enfervorecida ovación
del público al finalizar la función.
El pingüe beneficio acumulado a lo
largo de los últimos seis años permite al matrimonio realizar frecuentes viajes
a Europa, donde disponen de un par de propiedades. En la Semana Santa de 1881
deciden viajar en busca de descanso hasta su villa en el Puerto de Santa María,
en el sur de España, y permanecen allí durante los diez meses siguientes.
Mientras ella prepara la temporada y pergeña posibles funciones, él acude con
asiduidad a diversos festejos taurinos en la región y queda prendado de la
Fiesta Nacional.
A su regreso presentan “Olé” y
anuncian una gira que debe llevarles por las principales ciudades del sur del
país. En el estreno y con la música de fondo del primer pasodoble, Cecil recibe
con una verónica muy ajustada a un morlaco muy astifino de 540 kilos. La punta
del pitón dibuja una línea recta y perfecta en el escroto del “torero” y el
único testículo que le queda rueda hasta los pies de Clara, que asiste a la
faena adornada con una peineta de carey.
Hasta la fecha ésta ha sido la
última función de Le Grand Cretton y a tenor de lo que leo en grandes titulares
en la edición extra que acaba de caer en mis manos,no habrá más. Cecil murió el
mismo día que llegó a la ciudad en la habitación de su hotel atragantado con el
hueso de un níspero, a los que era muy aficionado. Alegando un episodio gripal
y otra indisposición pasajera su esposa negoció los aplazamientos. Intrigado
por la dudosa necesidad de solicitar tales aplazamientos una vez muerto su
marido sigo leyendo.
Los empleados traen en volandas al
ayudante del sheriff al detectar un intenso olor a formaldehído y
descomposición en las inmediaciones de la habitación del matrimonio. Tras aporrear
la puerta durante un par de minutos se decide emplear la llave maestra para
encontrar sobre la alfombra del recibidor de la suite un baúl abierto y varios
tarros de cristal destapados de diversos tamaños en los que se observa un
líquido turbio que parece ser formol. En cada frasco una fecha y una anotación.
Al
fondo de la habitación, bajo el gran ventanal de la galería, el cadáver completo
de Le Grand Cretton yace en el diván y su cabeza reposa en el regazo de su
viuda componiendo al trasluz una Pietá desasosegante. En la mesa camilla más
cercana al cabecero del diván un quinqué encendido permite observar el collage
de ocres y grises que es Cecil y también permite a Clara Craighton, de soltera
Le Fresnoy, dar las últimas puntadas con las gafas de cerca caladas en el
puente de la nariz: “Buenas tardes caballeros. En cuanto acabe con esta oreja
podrán proceder al levantamiento de un cadáver como Dios manda por cortesía de
Pompas Fúnebres Las Puertas del Cielo”
ACCÉSIT DEL XXI CONCURSO DE NARRACIONES CORTAS VILLA DE TORRE PACHECO
José Angel Casas Barrigón
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HABRÍA
jurado que salió de casa con su paraguas naranja, pero en el paragüero del
vestíbulo de la biblioteca municipal tan sólo había uno de color gris. De su empuñadura
pendía un sombrero.
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GRIS
Darío
era un hombre meticuloso y en un día lluvioso como aquel nunca hubiera osado
salir a la calle sin paraguas, así que con el gesto torcido ahogó su mirada verrugosa
en el interior de la ancha boca del paragüero, por si aquella mañana se le
había ocurrido engullir paraguas naranjas para desayunar. Pero no halló rastro
de él.
Darío
giró sobre sus pies con movimientos ajados en una lenta rueda de reconocimiento
del vestíbulo, sin perder el gesto contrariado y entreverando los párpados, en
un afán de buscar alguien, algo, que le diera una pista sobre el paradero de su
paraguas. Era sábado y temprano, apenas había movimiento en la biblioteca, y
sólo descubrió al ordenanza tras el recibidor, con gesto displicente y absorto
en la lectura del periódico.
Tras
mirarlo un momento, y dudando si molestarlo para preguntar por su paraguas
naranja, echó la vista a través de los ventanales de la entrada. La lluvia, que
desde la madrugada apenas si había concedido pequeñas treguas, estampaba sobre
los cristales gotas de agua que resbalaban suicidas en carreras fulminantes.
Absorto un instante en las lágrimas del cristal, se disgustó ante la idea de
mojarse. Era propenso a los catarros, pero peor sería tener que aguantar la
bronca de su mujer si llegaba a casa calado y escuchar una de sus cansinas
frases: “Ya eres muy viejo para andar haciéndote el valiente por ahí.”
Permaneció
inmóvil en medio de la entrada, inmerso en la acuática ensoñación de la lluvia,
hasta que las sonrisas cómplices de una joven pareja que pasaba junto a él lo
devolvieron a la realidad. Ella cerraba un paraguas de plástico transparente y en
la acción descuidada de introducirlo en el paragüero rozó el sombrero que colgaba
del paraguas gris, provocando su caída al suelo. Pero los dos jóvenes, que
seguían con sus juegos de enamorados, no repararon en ello.
"Esta
juventud…" dijo Darío en un inaudible refunfuño mientras doblaba con
esfuerzo la columna para recoger el sombrero. Cuando lo tuvo en las manos no
pudo evitar fijarse en él. Era un bonito sombrero de fieltro color ceniza,
orlado con cinta negra. Lo contempló unos segundos mientras libraba un combate interior
contra una lejana fuerza que insistía en que se lo pusiera en la cabeza, hasta
que el escandaloso estornudo del conserje le asustó e indirectamente le forzó a
devolverlo a la empuñadura del paraguas.
Seguía
lloviendo. Miró hacia los lados sutilmente mientras rumiaba la idea de robar uno
de los paraguas. “Ojo por ojo…”, musitó Darío convenciéndose. La pareja se
había perdido en las escaleras que conducían a la sala de préstamos y el ordenanza
seguía inmerso en la lectura del diario.
Miró
el paragüero y a los dos paraguas. Se tomó unos segundos. Tranquilizó los
nervios y se armó de valor. Le dio fuerzas pensar que no iba a cometer un robo,
que solamente vengaba el hurto de su paraguas naranja. Además aquella extraña
fuerza de coger el sombrero seguía viva en su mente. Fue pensar de nuevo en la
regañina de su mujer el impulso final para decidirse.
Escogió
el paraguas gris.
Era
de cuadros escoceses dibujados con diferentes tonos de gris.
Pensó
que era más acorde a su gris edad y gris vestimenta.
Además,
traía aparejado el regalo de un precioso sombrero.
Y
tampoco quería que se mojara la chica del paraguas transparente, a pesar de ser
una descuidada.
Ajustó
bajo el sobaco el libro que recién había sacado en préstamo, cogió el sombrero
con disimulo y se lo colocó en la cabeza con naturalidad, como si lo hubiera
hecho toda la vida. Acto seguido, con cierto descaro, extrajo de un tirón el
paraguas gris del paragüero. Volvió a mirar a su alrededor. Observó, como lo
haría con una pintura, la estampa inamovible del ordenanza, que seguía leyendo
en la misma posición y con el mismo gesto evadido y apático.
Darío
respiró aliviado. Parecía que no se había dado cuenta de la fechoría. Al
dirigirse a la salida se contempló en el reflejo cristalino de la puerta. Se
gustó. Sombrero y paraguas combinaban con el gabán gris que vestía.
Una
vez en la calle, abrió el paraguas y subió los largos cuellos del gabán en un
gesto de protegerse del frío ambiente. La lluvia amainaba y había cedido a un vendaval.
Un fuerte soplo que, al doblar Darío la esquina del edificio de la biblioteca, le
arrancó sin tapujos el sombrero de su cabeza canosa, volándolo varios metros
hacia delante.
Darío no
se percató del lance. Caminaba cabizbajo bajo la defensa del paraguas,
ensimismado con la dulce imagen de la pareja enamorada que se había topado en
la biblioteca. Una estampa que no envidiaba, más bien añoraba.
Él
ya había pasado por aquella etapa de su vida, pero había trascurrido tanto
tiempo que al tragar saliva bajó por su garganta el amargor de la vejez, de la
vida extinta y la certeza de que el amor de la joven pareja nada tenía que ver ya
con el que se profesaban él y su esposa: un viejo que chocheaba y una mujer con
una prótesis en la rodilla derecha que apenas la dejaba caminar y la habían
convertido en el paradigma de la persona cascarrabias.
Se
asomó a la realidad cuando sus cortos pasos de anciano toparon de nuevo con el
sombrero. Lo observó como si lo viera por primera vez. Lo atrajo de nuevo su
elegancia. Al recogerlo del suelo lo zarandeó en ademán de limpiarlo. Se lo
puso en la cabeza y se contempló en el reflejo del escaparate que tenía frente
a él. Se gustó. El color gris del sombrero combinaba a la perfección con paraguas
y abrigo. Y en el gesto coqueto de pasar los dedos por el fino fieltro sintió otra
vez la fuerza interior que le incitaba a llevarse el sombrero.
Esta
vez no hubo remilgos, ni zarandajas éticas. El viejo Darío echó un vistazo a su
alrededor y al no ver a nadie que reclamara la prenda la ajustó a la forma de
su cabeza y ladeó un poco hacia la derecha. Bajo
el ala del sombrero fulguró una fugaz y pícara sonrisa.
Pero
al mirar a ambos lados de la calle vacía le asaltó la duda sobre la dirección
que llevaba antes de recoger el sombrero. Preguntó a su frágil memoria, pero no
halló una respuesta convincente.
El
libro en la mano le dio una falsa pista. Siendo lógico, pensó que se dirigía a
la biblioteca a devolverlo. Le agradó la idea. Allí estaría protegido del
tiempo desapacible y podría sacar otro libro. Leyó el título del que tenía en
sus manos: "El hombre de San Petersburgo” de Ken Follet y se inquietó al
no acordarse del argumento, al regresar a la mente la silenciosa voz de su
mujer en otra de sus cantinelas: "Darío, te olvidas de las cosas con
facilidad…, un día de estos vas a perder la cabeza".
Darío
se encaminó a la biblioteca sin darse cuenta de que retrocedía sobre sus pasos.
Entró y dejó el paraguas en el paragüero del recibidor (junto a un paraguas
transparente). Decidió dejar el sombrero, algo húmedo, sobre la empuñadura. Por
un momento tuvo la certeza de que la figura estática del ordenanza leyendo el
periódico la había visto antes. Se encogió de hombros. Quizás un “dejavú” o
seguramente el hombre tenía la costumbre de leer concienzudamente el periódico todas
las mañanas.
En
la sala de préstamos no reparó en que la sonrisa siempre amable de la
bibliotecaria se desdibujó bajo un mohín de asombro cuando le entregó el libro.
No entendió por qué la mujer se encogía de hombros, ni tampoco su mente olvidadiza
supo informarle que fue ella quien le había prestado aquel libro un cuarto de
hora antes. Dio la espalda a la bibliotecaria cuando esta esbozaba una mueca de
compasión y pensaba en lo difícil que es envejecer.
Darío
merodeó por los cortos pasillos que dibujaban las decenas de estanterías
buscando sin criterio algún libro para llevarse. De repente, como la
inspiración que llega al poeta, su memoria evocó las palabras que le dijo su
mujer cuando se disponía a salir de casa, en el justo momento en el que se
había colocado el sombrero de fieltro gris y cinta negra.
“Tráeme
algo de Ken Follet”, había voceado ella desde el salón. Y él respondió con un
“vale” desvanecido, mientras decidía si llevarse el paraguas naranja o el de cuadros
escoceses con tonos grises.
Darío no recordaba más
de aquella conversación, pero fue su mujer la que le recomendó coger el
paraguas gris. “Hombre tenías que ser ¿no ves que combina con el gabán que te
has puesto?”, le había recriminado ella en el tono hiriente de sus continuas
regañinas. Darío, en un acto de defender su indecisión, le había contestado que
le gustaba el naranja, que siempre había sido su color favorito. A lo que su
mujer, tras caminar con esfuerzo hasta el pasillo e incrustarle el paraguas
gris contra el pecho, le objetó: “el naranja es un color para jóvenes y tú ya
no lo eres”.
El
viejo Darío extrajo de un estante la obra “La clave está en Rebeca”. Miró la
foto del escritor impresa en la contraportada del libro. Decía su mujer que era
muy guapo, que se parecía al neurólogo que lo trataba, aunque él, sinceramente,
no le veía ningún parecido.
“Que
tenga buen día”, dijo la bibliotecaria tras sellarle el libro. “Otra vez”, sentenció
luego sin evitar una sonrisa jocosa.
El
viejo replicó a la mujer con un gesto amable en el rostro que no ocultaba
el desconcierto en la mirada. “¿Otra vez?”, se preguntó. Y, sin llegar a ninguna
conclusión, esbozó una sonrisa tímida que instaló en los labios hasta llegar al
vestíbulo donde una joven pareja recogía un paraguas de plástico transparente.
Y
allí, el visaje sonriente de Darío tornó en preocupación.
En
los paragüeros sólo había un paraguas gris, de cuya empuñadura pendía un bonito
sombrero.
Miró
al ordenanza extrañado.
Habría
jurado que salió de casa con su paraguas naranja.
martes, 29 de abril de 2014
Nuestra Biblioteca celebra el Día del Libro
Con motivo del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, la Concejalía de Educación y Cultura y la Biblioteca Pública Municipal , realiza numerosas actuaciónes y promueve actividades destinadas a promocionar el libro, fomentar la escritura y la lectura.
Entre estas actuaciones, el pasado domingo, 27 de abril, tuvo lugar la entrega de los premios del:
III CONCURSO DE MICRORRELATOS DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA DE TORRE PACHECO. El autor premiado fue José Ignacio Señán Cano con un microrrelato titulado "
"Acabar de una vez”
Y la entrega de premios del:
XXI CONCURSO DE NARRACIONES CORTAS VILLA DE TORRE PACHECO.
Primer premio dotado de 1.500 euros y diploma para la obra titulada: "El Gran Cretton", de Francisco Javier Angulo Arriaga
Accésit dotado de 750 euros y diploma para la obra titulada: "Gris”, de José Angel Casas Barrigón
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