miércoles, 30 de abril de 2014

ACCÉSIT DEL XXI CONCURSO DE NARRACIONES CORTAS VILLA DE TORRE PACHECO

José Angel Casas Barrigón
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GRIS
 

    HABRÍA jurado que salió de casa con su paraguas naranja, pero en el paragüero del vestíbulo de la biblioteca municipal tan sólo había uno de color gris. De su empuñadura pendía un sombrero.

Darío era un hombre meticuloso y en un día lluvioso como aquel nunca hubiera osado salir a la calle sin paraguas, así que con el gesto torcido ahogó su mirada verrugosa en el interior de la ancha boca del paragüero, por si aquella mañana se le había ocurrido engullir paraguas naranjas para desayunar. Pero no halló rastro de él.

Darío giró sobre sus pies con movimientos ajados en una lenta rueda de reconocimiento del vestíbulo, sin perder el gesto contrariado y entreverando los párpados, en un afán de buscar alguien, algo, que le diera una pista sobre el paradero de su paraguas. Era sábado y temprano, apenas había movimiento en la biblioteca, y sólo descubrió al ordenanza tras el recibidor, con gesto displicente y absorto en la lectura del periódico.

Tras mirarlo un momento, y dudando si molestarlo para preguntar por su paraguas naranja, echó la vista a través de los ventanales de la entrada. La lluvia, que desde la madrugada apenas si había concedido pequeñas treguas, estampaba sobre los cristales gotas de agua que resbalaban suicidas en carreras fulminantes. Absorto un instante en las lágrimas del cristal, se disgustó ante la idea de mojarse. Era propenso a los catarros, pero peor sería tener que aguantar la bronca de su mujer si llegaba a casa calado y escuchar una de sus cansinas frases: “Ya eres muy viejo para andar haciéndote el valiente por ahí.”

Permaneció inmóvil en medio de la entrada, inmerso en la acuática ensoñación de la lluvia, hasta que las sonrisas cómplices de una joven pareja que pasaba junto a él lo devolvieron a la realidad. Ella cerraba un paraguas de plástico transparente y en la acción descuidada de introducirlo en el paragüero rozó el sombrero que colgaba del paraguas gris, provocando su caída al suelo. Pero los dos jóvenes, que seguían con sus juegos de enamorados, no repararon en ello.

"Esta juventud…" dijo Darío en un inaudible refunfuño mientras doblaba con esfuerzo la columna para recoger el sombrero. Cuando lo tuvo en las manos no pudo evitar fijarse en él. Era un bonito sombrero de fieltro color ceniza, orlado con cinta negra. Lo contempló unos segundos mientras libraba un combate interior contra una lejana fuerza que insistía en que se lo pusiera en la cabeza, hasta que el escandaloso estornudo del conserje le asustó e indirectamente le forzó a devolverlo a la empuñadura del paraguas.

Seguía lloviendo. Miró hacia los lados sutilmente mientras rumiaba la idea de robar uno de los paraguas. “Ojo por ojo…”, musitó Darío convenciéndose. La pareja se había perdido en las escaleras que conducían a la sala de préstamos y el ordenanza seguía inmerso en la lectura del diario.

Miró el paragüero y a los dos paraguas. Se tomó unos segundos. Tranquilizó los nervios y se armó de valor. Le dio fuerzas pensar que no iba a cometer un robo, que solamente vengaba el hurto de su paraguas naranja. Además aquella extraña fuerza de coger el sombrero seguía viva en su mente. Fue pensar de nuevo en la regañina de su mujer el impulso final para decidirse.

Escogió el paraguas gris.

Era de cuadros escoceses dibujados con diferentes tonos de gris.

Pensó que era más acorde a su gris edad y gris vestimenta.

Además, traía aparejado el regalo de un precioso sombrero.

Y tampoco quería que se mojara la chica del paraguas transparente, a pesar de ser una descuidada.

Ajustó bajo el sobaco el libro que recién había sacado en préstamo, cogió el sombrero con disimulo y se lo colocó en la cabeza con naturalidad, como si lo hubiera hecho toda la vida. Acto seguido, con cierto descaro, extrajo de un tirón el paraguas gris del paragüero. Volvió a mirar a su alrededor. Observó, como lo haría con una pintura, la estampa inamovible del ordenanza, que seguía leyendo en la misma posición y con el mismo gesto evadido y apático.

Darío respiró aliviado. Parecía que no se había dado cuenta de la fechoría. Al dirigirse a la salida se contempló en el reflejo cristalino de la puerta. Se gustó. Sombrero y paraguas combinaban con el gabán gris que vestía.

Una vez en la calle, abrió el paraguas y subió los largos cuellos del gabán en un gesto de protegerse del frío ambiente. La lluvia amainaba y había cedido a un vendaval. Un fuerte soplo que, al doblar Darío la esquina del edificio de la biblioteca, le arrancó sin tapujos el sombrero de su cabeza canosa, volándolo varios metros hacia delante.

 Darío no se percató del lance. Caminaba cabizbajo bajo la defensa del paraguas, ensimismado con la dulce imagen de la pareja enamorada que se había topado en la biblioteca. Una estampa que no envidiaba, más bien añoraba.

Él ya había pasado por aquella etapa de su vida, pero había trascurrido tanto tiempo que al tragar saliva bajó por su garganta el amargor de la vejez, de la vida extinta y la certeza de que el amor de la joven pareja nada tenía que ver ya con el que se profesaban él y su esposa: un viejo que chocheaba y una mujer con una prótesis en la rodilla derecha que apenas la dejaba caminar y la habían convertido en el paradigma de la persona cascarrabias.

 Se asomó a la realidad cuando sus cortos pasos de anciano toparon de nuevo con el sombrero. Lo observó como si lo viera por primera vez. Lo atrajo de nuevo su elegancia. Al recogerlo del suelo lo zarandeó en ademán de limpiarlo. Se lo puso en la cabeza y se contempló en el reflejo del escaparate que tenía frente a él. Se gustó. El color gris del sombrero combinaba a la perfección con paraguas y abrigo. Y en el gesto coqueto de pasar los dedos por el fino fieltro sintió otra vez la fuerza interior que le incitaba a llevarse el sombrero.

Esta vez no hubo remilgos, ni zarandajas éticas. El viejo Darío echó un vistazo a su alrededor y al no ver a nadie que reclamara la prenda la ajustó a la forma de su cabeza y ladeó un poco hacia la derecha. Bajo el ala del sombrero fulguró una fugaz y pícara sonrisa.

Pero al mirar a ambos lados de la calle vacía le asaltó la duda sobre la dirección que llevaba antes de recoger el sombrero. Preguntó a su frágil memoria, pero no halló una respuesta convincente.

El libro en la mano le dio una falsa pista. Siendo lógico, pensó que se dirigía a la biblioteca a devolverlo. Le agradó la idea. Allí estaría protegido del tiempo desapacible y podría sacar otro libro. Leyó el título del que tenía en sus manos: "El hombre de San Petersburgo” de Ken Follet y se inquietó al no acordarse del argumento, al regresar a la mente la silenciosa voz de su mujer en otra de sus cantinelas: "Darío, te olvidas de las cosas con facilidad…, un día de estos vas a perder la cabeza".

Darío se encaminó a la biblioteca sin darse cuenta de que retrocedía sobre sus pasos. Entró y dejó el paraguas en el paragüero del recibidor (junto a un paraguas transparente). Decidió dejar el sombrero, algo húmedo, sobre la empuñadura. Por un momento tuvo la certeza de que la figura estática del ordenanza leyendo el periódico la había visto antes. Se encogió de hombros. Quizás un “dejavú” o seguramente el hombre tenía la costumbre de leer concienzudamente el periódico todas las mañanas.

En la sala de préstamos no reparó en que la sonrisa siempre amable de la bibliotecaria se desdibujó bajo un mohín de asombro cuando le entregó el libro. No entendió por qué la mujer se encogía de hombros, ni tampoco su mente olvidadiza supo informarle que fue ella quien le había prestado aquel libro un cuarto de hora antes. Dio la espalda a la bibliotecaria cuando esta esbozaba una mueca de compasión y pensaba en lo difícil que es envejecer.

Darío merodeó por los cortos pasillos que dibujaban las decenas de estanterías buscando sin criterio algún libro para llevarse. De repente, como la inspiración que llega al poeta, su memoria evocó las palabras que le dijo su mujer cuando se disponía a salir de casa, en el justo momento en el que se había colocado el sombrero de fieltro gris y cinta negra.

“Tráeme algo de Ken Follet”, había voceado ella desde el salón. Y él respondió con un “vale” desvanecido, mientras decidía si llevarse el paraguas naranja o el de cuadros escoceses con tonos grises. 

Darío no recordaba más de aquella conversación, pero fue su mujer la que le recomendó coger el paraguas gris. “Hombre tenías que ser ¿no ves que combina con el gabán que te has puesto?”, le había recriminado ella en el tono hiriente de sus continuas regañinas. Darío, en un acto de defender su indecisión, le había contestado que le gustaba el naranja, que siempre había sido su color favorito. A lo que su mujer, tras caminar con esfuerzo hasta el pasillo e incrustarle el paraguas gris contra el pecho, le objetó: “el naranja es un color para jóvenes y tú ya no lo eres”.

El viejo Darío extrajo de un estante la obra “La clave está en Rebeca”. Miró la foto del escritor impresa en la contraportada del libro. Decía su mujer que era muy guapo, que se parecía al neurólogo que lo trataba, aunque él, sinceramente, no le veía ningún parecido.

“Que tenga buen día”, dijo la bibliotecaria tras sellarle el libro. “Otra vez”, sentenció luego sin evitar una sonrisa jocosa.

El viejo replicó a la  mujer con un gesto amable en el rostro que no ocultaba el desconcierto en la mirada. “¿Otra vez?”, se preguntó. Y, sin llegar a ninguna conclusión, esbozó una sonrisa tímida que instaló en los labios hasta llegar al vestíbulo donde una joven pareja recogía un paraguas de plástico transparente.

Y allí, el visaje sonriente de Darío tornó en preocupación. 

En los paragüeros sólo había un paraguas gris, de cuya empuñadura pendía un bonito sombrero.

Miró al ordenanza extrañado. 

Habría jurado que salió de casa con su paraguas naranja.

 

1 comentario:

  1. Entiendo que tengas varios premios literarios en tu haber. Sigue otorgando categoría a la comunidad literaria. Un abrazo,
    Javier Angulo

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